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No hay crímenes en Tristán de Acuña


Pruebas
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No hay crímenes en Tristán de Acuña, es su más reciente novela, y esta es la presentacion que hace Alberto, Pixtrurl, en forocoches.
Copio y pego:

 

¡¡Muy buenos días, shurs!!

Espero no me acribilléis con acusaciones de Spam (con razón, pero espero que sea spam del bueno), pero si hay clamor de que borre el hilo, lo haré sin problemas.

Vengo a presentaros mi nuevo libro (es el cuarto en total), el cual ha visto la luz hoy, y como estoy radiante de felicidad por ello, quería sortear entre los que estén interesados tres copias físicas de la novela. Ya está disponible tanto la versión digital (gratis en Kindle Unlimited) como física. El 5 de agosto recibiré ejemplares y aortearé ese mismo día, por la noche, tres ejemplares entre los shurs que estéis interesados. Avisaré cuando llegue el día y, por si alguien tiene dudas, los haré llegar a su casa (por supuesto, todos los gastos de envío asumidos por mí y, si lo deseáis, firmados).

Vale, vale, es verdad, he venido a hablar de mi libro, así que, os cuento alguna cosita. Se titula 'No hay crímenes en Tristán de Acuña', una especie de novela negra/policíaca/de suspense (no sabría bien cómo catalogarla). Cuenta con un prólogo (que comparto en este post), tres partes y un epílogo, para un total de 338 páginas. Está ambientada en Tristán de Acuña, que seguramente a algunos de los shurs os sonará por ser el lugar habitado más remoto del mundo. De hecho, Forocoches ha sido importante a la hora de documentarme y algunos hilos me han venido muy bien para ambientar la novela (adjunto algunos ejemplos: 1, 2, 3). 

Durante el confinamiento estaba ultimando mi anterior novela cuando, a raíz de un hilo muy sonado en esas fechas por twitter, recordé la existencia de esta isla (estuvo en medios en 2011 cuando un barco de la Volvo Ocean Race rompió su mástil y tuvieron que quedarse unos cuantos días en la isla) y empecé a trabajar en una idea. Catorce meses después, por fin ve la luz.

No me explayo más, os dejo la sinopsis, portada y prólogo. ¡Ah! E insisto con el sorteo, entre aquellos interesados sortearé tres ejemplares, para que al menos el spam tenga algo de contraprestación.

SINOPSIS

«Nadie sabe dónde está Aron Glass»

A Charlie Gordon, un policía londinense a punto de jubilarse y deprimido por la reciente muerte de su mujer, le encargan una última misión: pasar unos meses en el lugar habitado más remoto del mundo.

Tristán de Acuña, una pequeña isla volcánica situada en medio del Atlántico Sur, un idílico lugar que ni siquiera ha estrenado su único calabozo y en el que nunca ocurre nada… hasta que ocurre. El candidato a jefe de la isla, Aron Glass, desaparece sin dejar huella. ¿Qué le habrá ocurrido? ¿Quién o quiénes estarán implicados?

Bienvenidos a Tristán de Acuña

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PRÓLOGO 

Domingo, 23 de septiembre de 2018. 10:00 horas                                                                           

    Melancolía.
    Londres amanece, igual que cualquier otro domingo otoñal, impregnado por una neblina que cubre toda la urbe como si el cielo esparciera, a través de unos tubos de escape, su particular humo. Y, al igual que cualquier otro domingo otoñal, Charlie Gordon manosea un álbum amarillento y con olor a rancio, cuyas hojas se pegan las unas a las otras. Pero lo importante no es su aspecto, sino su contenido. Esas fotografías lo trasladan a otra época, aquella en la que las arrugas todavía no poblaban sus manos y conservaba todos los dientes en la boca. Tiene la sensación de que su enorme barriga traspasa la instantánea como si fuera una imagen en tres dimensiones e incluso siente con el roce de sus dedos el diminuto tupé a lo Tintín que lucía en esa fotografía.                  

    —Abuelo, ¿por qué estás llorando?

    La voz aguda de su nieto Eric, fruto de las todavía poco desarrolladas cuerdas vocales, sorprende al abuelo en la alcoba. Como cada domingo otoñal, toca visita de la familia, aunque eso no cambia las costumbres del anciano. A Charlie le gusta recluirse en ese lugar de su casa cada mañana y revisar con mimo siempre el mismo álbum. El techo desigual de madera, las tablas agrietadas en el suelo y el polvo que revolotea al trasluz cuando se mueve un objeto imprimen una mayor nostalgia al ambiente. También las lágrimas que asoman por sus ojos verdes como las hojas en primavera.

    —Estoy viendo las fotos de cuando tu abuelo no era el viejo en el que se ha convertido.

    El anciano sacude el pelo del niño sin apartar la mirada de las instantáneas. Eric se zafa del gesto cariñoso con la misma rapidez que un boxeador se escabulle de un directo y agarra el libro de fotografías. Necesita ver con sus propios ojos qué es aquello que lo pone tan triste. Charlie no se lo impide, y en su boca se dibuja algo parecido a una sonrisa, aunque los pocos incisivos, molares y premolares que quedan en su sitio le otorgan a su intento un aire más siniestro del que le gustaría.

    —¿Quiénes son todos estos? —Eric apunta hacia una de las imágenes con la misma saña con la que un adolescente golpearía los botones del mando de su consola.

    Charlie revisa la instantánea y suelta un largo suspiro. Cuatro personas posan impertérritas alrededor de un cartel que reza «Bienvenidos a la isla más remota del mundo». Como si el paso del tiempo no fuera con ellos. Sonrientes, confiados, alegres… Vivos.

    —Tu abuelo es este muchacho —dice con ironía mientras señala a un adulto entrado en años vestido con vaqueros anchos de marca y un chaleco de la Policía Metropolitana. A pesar de que parece ropa holgada, se intuyen varios michelines—. Es del día en que llegué a Tristán de Acuña. ¿Alguna vez te he hablado de esa isla?

    Eric niega con la cabeza y observa ilusionado al anciano. Para otros niños, el domingo es un día aburrido en el que toda la diversión concluye, pues a la mañana siguiente tienen que ir al colegio. Sin embargo, para él, es su favorito porque es día de visita, de escuchar al abuelo. Al joven risueño le encantan las historias que le cuenta, porque las acompaña con las ganas, el énfasis y los detalles necesarios para que se imagine como el protagonista de una película de aventuras.
    Charlie adora la inquietud de su nieto. Sabe cómo son otros muchachos a su edad: impertinentes y cabezones. Pero a sus diez años, Eric parece mucho más maduro de lo que dicta el número de cumpleaños que ha celebrado, aunque sin perder la inocencia que caracteriza a los niños. Charlie siente el respeto que le tiene ese chico de pelo alborotado y sonrisa perenne. «Algún día serás periodista. De esos que viajan a otros lugares para enseñar el mundo a los demás», le dijo en una ocasión. También le gusta la atención que le presta a cada uno de sus relatos, como si fuera un gato que vigila la luz que arroja un puntero láser. Quieto pero atento.

    —En ese pequeño pedazo de tierra viví la historia más rocambolesca de mi vida —Charlie se percata de que Eric no entiende la palabra «rocambolesca»—. Quería decir que me pasaron cosas muy raras en ese sitio —matiza.    
    —¿Qué ocurrió, abuelo? 

    Como si fuera un actor a punto de salir al auditorio, Charlie cambia su gesto melancólico por otro más pícaro, sabedor de que toda frase que pronuncie a partir de ese momento va a captar la atención de su nieto. Quiere estar a la altura y utiliza todas las armas que tiene a su disposición: tensa el rostro hasta el punto de que su anciana cara pierde arrugas por el camino, modula la voz como si fuera un locutor de radio, varía la posición del cuerpo y se acerca o aleja de su nieto según lo requiere el relato, hasta utiliza los silencios para añadir una pizca de misterio… En otras palabras: domina la escena. Se esfuerza por contentar al que considera el mejor espectador del mundo y el único capaz de transmitirle tanta energía como para hacerlo rejuvenecer. Adora la presencia de Eric.
    Una vez se mete en el papel de orador, Charlie aparta la mirada de su nieto y la posa en la fotografía como si estuviera viajando mentalmente hasta el lugar en el que se realizó la instantánea. Tras unos pocos segundos, añade con una voz pausada y misteriosa:

    —Hace veinte años que mi mundo cambió por completo. Todo es distinto desde que estuve en Tristán de Acuña.

    Eric admira el pasado como policía de Charlie. Es habitual que en los recreos atraiga a sus compañeros de clase para repetir las batallitas que su abuelo le ha contado con anterioridad. Solo le falta un atril al que encaramarse para parecer un político dispuesto a engatusar con su palabrería. Ha heredado la pasión de su abuelo a la hora de hablar. 

    —¿Te enfrentaste a algún malo?
    —No, peor. Mucho peor. —Charlie se acerca tanto a su nieto que provoca que se le erice la piel al sentir el calor de su aliento. O quizá al joven lo invade el temor por lo que está escuchando—. Tuve que lidiar con toda una isla en la que nunca había sucedido un crimen.
    —¿De…, de qué hablas, abuelo? 

    Eric tiene miedo y la voz lo delata. En el fondo, le gusta que su abuelo sea capaz de transmitirle cualquier sensación a través de las palabras.

    —Creo que ya tienes edad suficiente para que te hable de mi pasado y de por qué mi vida cambió desde que fui a Tristán de Acuña.

    El muchacho percibe cómo la frecuencia cardíaca se le acelera, consciente de que tiene toda la mañana para escuchar al abuelo. Sus padres se han ido a pescar y los han dejado solos hasta la hora de comer. 

    —Será mejor que te pongas cómodo porque la historia es larga.

    Charlie coge una silla que chirría con solo tocarla y la posa ante su nieto. Palpa el asiento con la mano y levanta una polvareda que provoca que Eric tosa sin parar por unos segundos mientras golpea la nube con las manos como si espantara una mosca. 

    —Eric, te voy a hablar sobre la desaparición de Aron Glass.

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